La importancia de llamarse Godzilla

La importancia de llamarse Godzilla

En la ficción, los monstruos han ocupado diferentes lugares de nuestro imaginario simbólico. Tradicionalmente, han sido la temible aberración cuya derrota a manos del héroe representa una reivindicación moral: el triunfo del “bien”. También han sido espejo de los miedos colectivos, alegorías humanizadas en algunos casos. Y luego hay otros como Godzilla—o Gojira en su natal Japón—, íconos populares que encuentran complejidad en sus orígenes como comentario social y político, además de su mutabilidad y perdurabilidad a través de décadas de permanencia.

Con esto, el también llamado “Rey de los monstruos”, nacido en el Japón de la posguerra y hoy uno de sus símbolos nacionales, ocupa un singular sitio en la imaginación que le permite invitar a preguntas más difíciles. Por ejemplo: ¿qué pasa si la derrota del monstruo, una encarnación de un trauma colectivo tremendo, requiere invocar no sólo lo mejor, sino también lo peor de la humanidad?

Con el inminente estreno de Godzilla Minus Zero (Japón, 2026) más tarde en el año, en Film Club Café tenemos no una, sino dos de las películas del monstruo programadas en nuestra cartelera de ciclos este mes: Godzilla vs. Biollante (Japón, 1989) y Shin Godzilla (Japón, 2016). Dos excelentes puntos de entrada para conocer al personaje, sus reinvenciones y matices dentro de diferentes contextos.

CLAVES PARA ENTENDER A GODZILLA

LOS ORÍGENES DE GODZILLA COMO ALEGORÍA DEL TERROR NUCLEAR

Si tu contacto con Godzilla ha sido por medio de las películas estadounidenses del estudio Legendary—que pertenecen la franquicia conocida como “Monsterverse”—, o peor aún, por medio de aquella versión de 1998 con Matthew Broderick y Jean Reno, lo más probable es que hayas pasado por alto la característica fundamental del monstruo: sus orígenes en la historia de Japón como único país que ha sufrido de primera mano la detonación de la bomba nuclear, en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial.

Al finalizar la guerra, en 1945, el país fue ocupado por fuerzas estadounidenses hasta 1952, tiempo en el que estuvo censurada toda mención o discusión directa de la bomba nuclear en medios de comunicación. Fue hasta la retirada de las tropas de Estados Unidos que el tema pudo tratarse abiertamente en el país, dando lugar a producciones como Crónica de un ser vivo (Japón, 1955), de Akira Kurosawa, en la que un anciano (Toshirō Mifune) atemorizado por el bombardeo a Hiroshima y Nagasaki, se obsesiona con construir un refugio antiatómico o mudarse a Brasil para alejarse lo más posible de la amenaza nuclear.

Más en clave alegórica y mezclando elementos de terror con ciencia ficción y drama realista social, más las posibilidades de las miniaturas y las botargas como columna vertebral de sus efectos especiales, la original Godzilla (Japón, 1954) es un producto de ese clima social y político: un trauma colectivo exacerbado por las pruebas con bombas de hidrógeno en el Pacífico por parte de potencias como Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética.

Por diseño, Godzilla, o Gojira, remitía a algo extranjero, incontrolable y quizá incomprensible. Su nombre proviene de combinar la palabra japonesa para ballena, kujira, con el anglicismo para gorila, gorira—en japonés, su nombre se escribe “ゴジラ” en katakana, el sistema de escritura para las palabras extranjeras—.

Un apelativo para un ser que no es una cosa ni la otra, sino un ente prehistórico despertado por la perversidad humana culminada en las explosiones nucleares, y cuya presencia es igual de ominosa, imparable y destructiva: la insignia del monstruo es su aliento atómico, que convierte a Tokio en una pila de escombros ardientes. Una visión que en la pantalla debió brindar al público japonés tanto una sensación de déjà vu como de catarsis. Escenas de la devastación dejada por Gojira hacen eco del famoso retrato tomado por Alfred Eisenstaedt a una madre y su bebé en Hiroshima, apenas unos meses después de la bomba.

Godzilla (1954)
Una de las escenas más impactantes de Godzilla no muestra al monstruo, sino el impacto de su devastación a nivel humano (Crédito: Toho)

Como escribe J. Hoberman en su ensayo sobre la película para Criterion Collection, “su espectáculo de destrucción total externalizó lo que bien podría haber estado pasando en la imaginación febril de un cerebro afectado por la atomosofobia”.

Si la bomba atómica y la bomba de hidrógeno eran vistas como el cúlmen de la maldad humana en guerra, el director y coguionista Ishirō Honda tenía claro que su fundamento, la ciencia, podía usarse tanto para el bien como para generar los horrores más atroces. Ante los ataques del monstruo, una de las subtramas lidia con el conflicto moral del Dr. Daisuke Serizawa (Akihiko Hirata), cuya invención, el “destructor de hidrógeno”, podría aniquilar a Godzilla en el agua, contra el riesgo de desatar sobre el mundo algo incluso peor que la bomba.

En iteraciones posteriores, particularmente durante la década de 1970, Godzilla pasaría de ser una amenaza terrible y amoral a convertirse en una especie de antihéroe y, posteriormente, en un defensor de la Tierra contra enemigos extraterrestres en películas cada vez más dirigidas al público infantil, durante el resto de lo que se conoció como la era Shōwa, equivalente a la mayor parte del gobierno del emperador Hirohito. La franquicia sería resucitada con un reboot en 1985, en la que ha sido llamada la era Heisei—coincidente con el emperador Akihito—.

Esta nueva etapa, con los últimos estertores de la Guerra Fría como telón de fondo, trajo historias más serias en las que el terror de Godzilla corría en paralelo con amenazas humanas de orden político, científico y militar. En Godzilla vs. Biollante, por ejemplo, gobiernos se disputan células extraídas del monstruo durante su último ataque, con las que Japón pretende crear un tipo de bacterias “antinucleares” que puedan usar como arma contra el Rey de los monstruos. Es decir: Japón buscando su reafirmación como Estado soberano capaz de protegerse contra un ataque nuclear. Sin embargo, en esta película, la ciencia—la ingeniería genética en este caso—engendra algo potencialmente peor y perverso en Biollante.

Japón sufriría una nueva herida nuclear en 2011, con el terremoto y tsunami de Tōhoku que provocaron el desastre nuclear de Fukushima, catalogado el peor de su tipo desde el de Chernóbil en 1986. En Shin Godzilla (titulada Godzilla resurge en algunos territorios), estrenada cinco años después, el monstruo es reinterpretado una vez más, ahora como una lenta pero catastrófica marea de radiación que se desborda por Japón no sólo por su propio poder, sino por la absurda burocracia de sus gobernantes, enraizada en una dependencia a los tratados y leyes internacionales.

EL CRUCE DE GODZILLA CON EL NACIONALISMO JAPONÉS

Alegoría nuclear o no, dada su magnitud, movilidad y poderío, Godzilla es, al menos en sus encarnaciones más “serias”, un problema que debe ser atendido por la colectividad: la humanidad sólo triunfa cuando científicos, políticos, militares y sociedad civil se unen en solidario esfuerzo unificado. Es algo que no resuelve el ejército, ni el gobierno, ni el ciudadano común por sí mismo: se requiere al Estado para enfrentarlo.

En Shin Godzilla particularmente se vuelve a asomar un discurso nacionalista dado el contexto geopolítico que plantea: en un intrincado sistema de burocracia estatal, una operación coordinada contra el monstruo es imposibilitada por jerarquías dentro de jerarquías, protocolos dentro de protocolos y autorizaciones dentro de autorizaciones. Ante la incapacidad de Japón de lidiar con Godzilla, Estados Unidos y otras naciones amenazan con un ataque nuclear. Mientras un gobierno de viejos se apega a la tradición y el protocolo, un grupo de políticos, científicos e ingenieros jóvenes toman el asunto en sus manos y a su modo.

La película, dirigida por Hideaki Anno (de Evangelion) y Shinji Higuchi (de la saga rival, Gamera), no lo nombra explícitamente, pero tal nivel de burocracia tiene que ver con el artículo 9 de la constitución japonesa, una cláusula pacifista establecida durante la posguerra—bajo la ocupación estadounidense—, en la que Japón renuncia a la guerra y a tener un ejército, limitándose a poseer fuerzas de autodefensa.

El argumento que presenta Shin Godzilla, tácitamente, es el de una revisión al artículo 9 de Japón y, por extensión, la reafirmación de la soberanía nacional de Japón por medio de la independencia militar. Un acto que ha enfrentado resistencia, sobre todo a la luz del pasado imperialista del país previo a la Segunda Guerra Mundial.

Dicho en otras palabras, en la película de 2016, Godzilla no sólo refleja el regreso del trauma nuclear con Fukushima, sino una debilidad percibida por ciertas partes de la sociedad japonesa para enfrentarse a una nueva catástrofe de esta índole. Una noción que confronta a la nación asiática con la posibilidad de ver resurgir su peor lado (invocar no sólo lo mejor, sino también lo peor de la humanidad).

Aunque no es la primera vez que Godzilla es pintado bajo esta luz—en Godzilla, Mothra and King Ghidorah: Giant Monsters All-Out Attack (Japón, 2001), el monstruo es formado por almas en pena sacrificadas en el altar del deber durante la Segunda Guerra Mundial—es más evidente en la película más reciente de la franquicia, Godzilla Minus One (Japón, 2023).

Producida como celebración de los 70 años de Godzilla, su trama comienza en 1945, hacia el final de la guerra—y, por lo tanto, muchos años antes de la entrega original—, la película se centra en un piloto kamikaze (Ryunosuke Kamiki) que huye de su misión y vive con culpa al sobrevivir tanto a la guerra como al primer ataque de Godzilla.

A través de su historia sobre un hombre que aprende, gracias a la colectividad, a vivir sin el peso de un mandato inhumano, Minus One puede ser entendida como una confrontación y reconciliación de Japón con su pasado imperialista de la primera mitad del siglo XX. Una demostración más de la flexibilidad del monstruo para abordar la historia e identidad nacional japonesa.

LA DOBLE FUNCIÓN DE GODZILLA EN FILM CLUB CAFÉ

Tratándose de un año tan importante para Godzilla en el cine y la televisión, en Film Club Café no quisimos quedarnos fuera de las celebraciones. Por ello, programamos una película del “Rey de los monstruos” en cada uno de nuestros ciclos de cine en activo.

Los Lunes de Criterion traerán una función de Godzilla vs. Biollante, la única película de la era Heisei en la prestigiosa colección en formato físico. La proyección será el lunes 27 de julio de 2026 a las 8:00 p.m., puedes reservar tus boletos aquí.

Unos días después, el ciclo 50 países, 50 películas presentará Shin Godzilla como la representante de Japón. La función será el jueves 30 de julio de 2026 a las 08:00 p.m., reserva tus boletos aquí.

Scroll al inicio